No te negará que hace unos días deseó que bajo sus pies se abriera un gran agujero en la tierra que la tragara. Es inútil. Ya sabes que más de una vez en la semana deseó desaparecer. Dicen que existir fue demasiado para ella. Que al parecer ya no era capaz de comerse el mundo, sino que era él quien se la estaba zapando a trocitos. Pensabas que era imposible que ella, para la que no existían días nublados, ahora sin querer se tiñesen grises. Cuentan que esas baratijas emocionales le costaron bastante caro. Que todo le resultaba demasiado pequeño y mediocre. Y qué podía hacer ella si seguía sin encontrar el final del pozo. Tarde. Era demasiado tarde. Ya estaba perdida en pleno huracán. La ola de ese gran tsunami la había tragado. Y ella sin saber nadar. Quien iba a decir que acabaría ahogándose entre un par de absurdas preocupaciones y problemas con solución. Joder. Ella. Que era tan sumamente grande. Siempre una insensata. Construyendo su vida con arena en la orilla del mar y temiendo no tener suficiente. Ahora, en cambio, parecía estar atrapada entre arenas movedizas. Nadie sabe que ocurrió. Nadie sabe por qué ni siquiera luchaba por escapar. Dicen que ya no tenía nada a lo que aferrarse. Y qué podía hacer ella más que dejarse llevar. No tenía ningún sentido. Ya solo era la sombra de lo que un día fue. Al parecer había guardado para ella demasiados daños. Demasiados males. Y sin quererlo, quizás cansada de no dejar de jugar a perder, se le ocurrió volver. Y quién sabe en verdad por qué razón hoy sólo quiere el mundo a sus pies. Cuentan que ya se decidió a hacer las paces consigo misma. Que volvió a escucharse por primera vez desde hace tiempo. Que ya no esperaba ni mucho, ni tanto, simplemente esperaba. Esperaba porque sabía que no había nada que de verdad hubiese valido la pena que, a veces, no hubiese dolido. Y cuando llegó el día. Ella, siempre dispuesta a recibirlo, no se quejó. No sé por qué no, pero según dicen por ahí, al parecer, lo bueno se hace esperar.
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